Anoche volví a imaginarme dentro de la pared, como el cuento
de Marcel Aymé. Decidí ver hasta donde me llevaría este viaje a través de los muros.
Comencé saliendo de mi habitación sin hacer el menor ruido, afuera, en la sala, mi familia veía la televisión sin ponerse de acuerdo en el canal. Papá quería ver los deportes, Mamá no quería perderse un importantísimo capítulo de su novela y mi hermanito hacía berrinche porque no lo dejaban ver Ben10.
Tal escándalo por poco me desconcentra, porque si, para viajar por las paredes uno debe saber bien por donde quiere ir, para no perderse entre tantas tuberías y cemento.
He escuchado una discusión, no es en casa, así que me dirijo hacia donde provienen los ruidos. Es una pareja, de edad algo avanzada, que se está gritando como lo hacen desde hace 40 años. Debo tener cuidado, porque la anciana está aventando todo lo que tiene a su paso, claro, como su tino no es tan bueno, el marido está seguro, pero yo, en la pared, puedo recibir muchas heridas.
Salgo corriendo de ahí, por mi seguridad y me dispongo a recorrer así todas las casas de la colonia. No es que sea chismosa, je, bueno, tal vez un poco, pero cada uno de estos personajes después podrían darle vida a muchos cuentos, no sé, a lo mejor una gran novela. Toda esta investigación será en beneficio del arte.
Encuentro un cantante de regadera, desafinado como la mayoría, pero que canta con tal pasión que me contagia y me hace repetir sus estrofas. Oh, lo he espantado, debe haber pensado que hay ratas. Mejor me voy. He visto a una jovencita llorando, en sus manos, la fotografía de un muchacho, seguramente su novio...
Oigo como quejidos, ¿qué es eso? Oh... cielos... je... Será mejor que me vaya para otro lado... el voyeurismo no es lo mío...
Sabes, ahora que te cuento todo esto, me pregunto si mi sueño no habrá sido real. Cuando desperté esta mañana toda la cama estaba cubierta de cal...


